Turismo extremo (o lo que nosotros nunca haríamos)

Sabemos que el hombre es el ser con el menos común de todos los sentidos: el sentido común. También que es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y que si hay alguien experto en meterse en problemas gratuitamente y luego lamentarse de las consecuencias, también es él. El mundo del turismo no iba a ser la excepción para esta demostración de poca cabeza. Porque ahí tenemos, rizando el rizo, la opción del turismo extremo, el más difícil (y más idiota) todavía. Es decir, todas esas actividades que nosotros no haríamos ni aunque nos ataran de pies y manos.

Ya te hablamos de ello en el artículo «Malditos viajes»: la cara oculta de viajar por el mundo . Pero parece ser que el turismo bélico (escoger como destino vacacional zonas de guerra) está al alza. Morbo, inconsciencia, curiosidad… varios son los factores que empujan a estos temerarios viajeros a jugarse la vida. Y es que somos de la opinión de que en situaciones como estas, los únicos extranjeros que debieran pisar estas tierras deberían ser médicos y voluntarios de ONG’s, dispuestos a ayudar a la sufrida población local. No gente que va allí a recrearse y hasta disfrutar con el espectáculo.

Turismo Guerra

El caso es que cada vez son más las agencias dispuestas a llevarte a ciudades destrozadas por las bombas y los tiroteos. Algunos lugares como Afganistán, Gaza e Irak se están convirtiendo en destinos codiciados por estos turistas descerebrados. Todo ello pese a que los ministerios de exteriores recomiendan encarecidamente no viajar a determinados países. Agencias como Gush Etzion, emplazada en Cisjordania, ofrece desde  2005 un campo de entrenamiento para profesionales de seguridad, así como vivir una experiencia de entretenimiento para disparar a fotos de personas que usan un Keffiyeh (el pañuelo tradicional palestino). Mayor desprecio por el ser humano y las desgracias que este sufre no se puede mostrar.

¿Turismo en Chernobyl? Sí, como lo leéis. Tras el apabullante éxito de la serie de HBO basada en el mayor desastre nuclear de la Historia, miles de personas quieren conocer Pripyat, la ciudad fantasma que quedó abandonada en 1986, tras ser desalojados todos sus habitantes. Más de 30 años después, los niveles de radiación son alarmantes pero ello no tira para atrás a los excursionistas: la contratación de tours ha subido un 40% respecto al año pasado. Las agencias locales han encontrado un tremendo filón en esto del turismo radiactivo, pese al consiguiente riesgo para la salud, y ofrecen tours que oscilan entre los 80 y los 300 euros. Incluso ya hay hoteles dentro de la Zona de Exclusión. De este modo, se cree que en el futuro Chernobyl podría llegar a convertirse en la principal atracción turística de Ucrania. Y algo similar está ocurriendo en Japón, en la central de Fukushima: a los pocos meses del desastre, autobuses con turistas comenzaban a llegar a la «escena del crimen». Da escalofríos imaginar dicho escenario.

Turismo Chernobyl

Esta no es la única polémica en alguna de las ex repúblicas soviéticas: el gobierno ruso quiere sacarle un mayor partido turístico a Siberia, una zona vastísima azotada por la nieve y las bajas temperaturas, y convertir los gulag, los antiguos campos de concentración, en reclamos turísticos. La idea partió de Yekaterina Kormilitsyna, Ministra de Desarrollo Turístico.

Hay que recordar que los gulag eran campos de trabajos forzados que se crearon a partir de los años 20 para recluir en ellos a «personas peligrosas para el Estado», es decir, los opositores al régimen comunista. Así mismo, se encarceló a miles de curas y sacerdotes de la iglesia ortodoxa, considerados un cáncer para la sociedad de entonces. Más de un millón de personas fallecieron en estos campos, extenuados por el trabajo, las condiciones higiénicas, el hambre y el frío. En 1973 se publicó el libro que mejor ha retratado las condiciones extremas de estos campos, «Archipiélago Gulag», obra del superviviente Aleksandr Solzhenitsyn, quien narró con pelos y señales todas las torturas a las que eran sometidos los prisioneros.

Los gulag desaparecieron en los años 60 pero los rusos no quisieron olvidar y levantaron en la ciudad de Perm el Museo Gulag, donde se realizan exposiciones acerca de esta vergonzosa parte de la historia rusa. Lo que ya no nos parece tan bien es que el gobierno quiera aprovechar este tema para sacar una buena tajada monetariay se esté hablando de hacer «rutas turísticas» en las que te proponen talar árboles en la estepa siberiana y comer la sopa aguada con la que alimentaban a los presos.Y es que banalizar este tipo de catástrofes humanitarias no sólo demuestra muy mal gusto sino que es una falta de respeto atroz a los que murieron defendiendo sus ideales.

Nunca iríamos de vacaciones a Linfen, la ciudad más contaminada de China. El millón de personas que allí vive tiene una esperanza de vida de apenas 60 años: se dice que respirar el aire de la ciudad equivale a fumar dos cajetillas de tabaco diarias (imaginad cómo tendrán los pulmones los que encima sean fumadores). Las amas de casa ya no tienden la colada al aire libre porque cuando recogen la ropa, está negra. A Linfen se la conoce como «la ciudad sin sol» porque éste sólo se deja ver 20 días al año.

Polucion

Estuvimos en Toronto pero no, nos pudo el vértigo y no caminamos por Edge Walk, este paseo sin barandillas a 356 metros de altura, el más alto del mundo, situado en la CN Tower. Un recorrido circular de 150 metros por una plataforma de metro y medio de ancho: completar el circuito cuesta 195 dólares. Tendrás derecho a fotografiar, grabar en vídeo y obtener el correspondiente certificado oficial.

En otros lugares como México se saca tajada de un fenómeno tan triste como la inmigración ilegal. En el pueblo de El Alberto, por un precio aproximado de 20 dólares te llevan el sábado por la noche en un tour de tres horas para que experimentes lo que siente un mexicano que se arriesga a cruzar la frontera. Esa misma donde Trump quiere construir un muro gigantesco. Sin embargo, la Caminata Nocturna no implica en realidad riesgo ninguno, aunque el tour nos parece una falta de respeto absoluta para los que se juegan la vida buscando un futuro mejor.

Un poco más abajo en el mapa, en Colombia, se ofrecen «cocaine factory tours» en Sierra Nevada. Por sólo 6 dólares, los guías locales (desesperados por alimentar a sus familias) llevan a los turistas a las plantaciones escondidas entre la vegetación, arriesgándose a que les llegue un balazo de los narcotraficantes o de los paramilitares que intentan limpiar la zona. O a que les arresten si les pillan dentro de las plantaciones.

A mediados de los 90, la película «Twister» volvió a poner de moda el fenómeno de los tornados. Una experiencia meteorológica que cuando la ves sentado en el sillón de tu casa frente a la tele puede parecer muy adrenalítica pero que in situ no tiene nada de graciosa. Que nos lo digan a nosotros que en uno de nuestros viajes en coche por Estados Unidos, llegando a Memphis, nos empezaron a vibrar los teléfonos móviles como locos: el Servicio de Meteorología avisaba de riesgo de tornados en nuestra ruta. Hablando en plata, se nos pusieron de corbata.

Sin embargo, son muchos los que buscando experiencias extremas, viajan hasta las extensas llanuras de USA entre Marzo y Agosto y contratan los servicios de las decenas de empresas como Tempest Tours (el nombre lo dice todo) que te llevan a perseguir tormentas. Hay tours de sólo un día (300 dólares por persona) y otros más largos, de 11 días, que cuestan casi 4.000 dólares. Aseguran que sus furgonetas están sobradamente preparadas y que se cumplen todas las normas de seguridad.  Pero yo qué queréis que os diga: un tornado es totalmente impredecible y se mueve a una velocidad de vértigo. Y su fuerza es descomunal: en nuestra retina están las imágenes de esos pueblos destrozados tras el paso de uno de estos gigantes de viento.

Jugar con las fuerzas de la Naturaleza no es ninguna tontería. Que se lo digan a estos dos turistas estadounidenses que fallecieron cuando su embarcación se adentró de modo temerario en la desembocadura de las cataratas de Iguazú, mayores que las del Niágara, en la frontera entre Argentina y Brasil. Por apenas 15 dólares, estas endebles barquitas se enfrentan a una de las caídas de agua más poderosas del mundo: como veis, la osadía de sus ocupantes a veces se paga cara.

Hablando de cataratas, aquí abajo tenemos la Devil’s Pool, la Piscina del Diablo, en Zambia. Esta pequeña piscina natural en aguas del río Zambeze se encuentra justo en el borde del precipicio de las Cataratas Victoria. Sólo se puede visitar en temporada seca (entre septiembre y diciembre), ya que en la de lluvias el caudal es tan fuerte que es imposible el baño. Y tampoco puedes ir por libre sino reservando con alguna de las agencias locales, que son las que se encargan de que los guías velen por la seguridad de los bañistas.

Devil's Pool
Flickr/joepyrek

Acercarse demasiado en un barquito de nada a un volcán puede tener consecuencias fatales. Que se lo digan a los 23 heridos en Hawaii, cuando una explosión provocó que la roca fundida cayera sobre el bote en el que viajaban, derritiendo el techo de la embarcación. ¿Creéis que dicho accidente ha hecho desistir a las agencias locales, con nombres tan sugerentes como Lava Tours, de continuar con estas actividades tan peligrosas? En absoluto.

La Carretera de la Muerte en Bolivia atrae cada año a ciclistas de todo el mundo, pese a que más de una veintena han fallecido bajando a toda velocidad los 3.600 metros de desnivel que caracterizan esta ruta. Estos 80 kilómetros de recorrido que unen la capital del país, La Paz, con la región de Los Yungas, se complican no sólo por lo difícil del terreno y lo estrecho de la vía (único lugar de Bolivia donde se permite conducir por la izquierda). Añadid las malas condiciones climatológicas, con lluvias torrenciales y viento, y el desprendimiento de rocas. En el año 1983 un autobús se despeñó, falleciendo sus cien ocupantes, un dato que parece importar poco a los aventureros que pretenden plantar cara a esta carretera imposible. Otro reto más que sumar a su agenda.

Una de las atracciones más populares de Australia es Cage of Death. Nosotros nunca participaríamos en algo así por dos motivos. El primero y más importante es que nos negamos a colaborar con cualquier espectáculo en que los animales sean utilizados como reclamo, sin estar estos en su habitat natural ni respetar su ecosistema. El segundo es que nos parece de lo más peligroso meterse en esta cápsula junto a un cocodrilo de varias toneladas de peso.

Turismo Extremo

Para el final dejamos la experiencia extrema de escalar el pico Cuernos de Cabra en Noruega. Y eso que hay una red de seguridad que impide que los alpinistas que saltan de un pico a otro en la cumbre (metro y medio les separan) caigan a una altura de 150 metros. Pero aún así, vértigo da un montón.

cuernos de cabra