Los Combates Medievales de Belmonte

Asistir a los Combates Medievales de Belmonte era algo que teníamos pendiente desde hace bastante tiempo. El problema es que casi todos los años nos coincidía con algún viaje, concierto o quedada con amigos: no había manera de organizarnos. Por eso este año dijimos «¡esta vez sí que sí!», cogimos la agenda y apuntamos el fin de semana del 21 y 22 de Septiembre como «cita ineludible en tierras conquenses». Para que no surgiera ningún imprevisto de última hora, además nos curamos en salud y cogimos las entradas por internet con bastante antelación. Iríamos sólo la jornada del sábado pero teniendo en cuenta que el ticket te daba acceso todo el día a los combates (puedes salir y entrar las veces que te plazca) y la visita al castillo de Belmonte y la exposición de las máquinas de asedio, los 13 euros por persona nos parecieron un chollo.

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Antes de que nos pongamos mano a mano con lo que dio de sí el día, creo que es justo y necesario hacer una introducción hablando de lo que es el Combate Medieval como deporte propiamente dicho. Lo aclaro porque el que vaya al torneo esperando peleas en plan teatral rollo Pressing Catch, con golpes más falsos que las tetas de las pelis porno, quizás se lleve un chasco. O probablemente no. Porque lo mejor de los Combates Medievales de Belmonte es que son de verdad: no hay coreografías ni caídas ficticias ni espectaculares volteretas. Pero hay algo mucho más importante: un montón de deportistas que entrenan durante todo el año y que se dejan los testículos en cada pelea. Porque no sólo se juegan su prestigio como guerreros sino que los combates puntúan (en este caso era el Campeonato Nacional) y además son una plataforma estupenda para la proyección de los atletas, ya que de aquí salen los luchadores que formarán parte de la selección española que participa en el Campeonato del Mundo (y que, por segunda vez, se celebrará en Belmonte en el año 2020). Los Combates Medievales no son un juego: son un deporte apasionante.

Cartel del próximo Campeonato del Mundo en 2020

Combate Belmonte 2020

Son bastantes los clubs que hay repartidos por España, para que veas que este deporte cada vez está más extendido y gana adeptos cada día que pasa. Entre ellos, el Magna Societas Catalanorum (el primer club que se fundó en España en 2012), los Mañowar (qué gracia nos hizo el nombre), Valentia Victrix, los madrileños Ursus Custodes (a los que, obviamente, más animamos), los Caballeros de la Alcarria, el Urna Regnum logroñés, los Ferrum Canes, los Filii Draconum, la Guardia de Poniente o los Levantiscos.

Pero ¿en qué consiste exactamente el Combate Medieval? Este es un deporte que se basa en los combates medievales, la mêlée, que se celebraban por toda Europa en los siglos XIV y XV. Y es que si muchos deportes como la lucha grecorromana, el triatlón, la natación, el lanzamiento de jabalina o las carreras de obstáculos han permanecido sin apenas modificaciones a lo largo de los siglos ¿por qué no traer a nuestra época aquellas luchas medievales que hacían las delicias del público? En realidad, estos combates se basaban también en las justas que, en tiempos de paz, los caballeros llevaban a cabo como divertimento, no con la idea de matar al oponente, por lo que ese espíritu festivo en el que ante todo predomina el respeto al rival continúa conservándose.

Combate Medieval Belmonte

Combate Medieval Belmonte

En los países del Este de Europa, este deporte comenzó a conseguir popularidad hace unos veinte años. Y es allí donde parecen tomárselo más a la tremenda, ya que de hecho los actuales campeones del mundo son los rusos. Precisamente el equipo de Rusia fue invitado de honor a este Campeonato de España y daba miedo verles cada vez que saltaban al campo de batalla. ¿Recordáis al personaje de «La Montaña» de «Juego de Tronos»? Pues no os digo nada y os lo digo todo.

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Pese a que cuando uno asiste a estos combates y presencia la fiereza de muchos golpes, puedes asustarte (de esos golpetazos que piensas «¡joder, me ha dolido hasta a mi!»), sobre todo cuando ves como a algunos participantes se les llevan en camilla. Hay que tener en cuenta que el índice de lesiones es muy bajo, como ocurre en el rugby: apenas un 1,8% de atenciones médicas y, que se sepa, nunca ha ocurrido un accidente mortal. Por lo tanto, no os alarméis cuando presenciéis la ensalada de porrazos: los participantes van perfectamente protegidos y el acero del siglo XXI es bastante más eficaz que el de antaño.

Eso sí, toda la indumentaria ha de cumplir las reglas más estrictas precisamente para evitar que los combatientes se hagan daño. Cabeza, cuello, torso, manos y piernas van cubiertos con piezas de acero exactamente iguales a las que se usaban hace siglos. Las escuderas (que suelen ser sus mujeres o novias) son las que ayudan a colocarse estas armaduras tan aparatosas.

En estos combates, que suelen durar un minuto por la dificultad para moverse de los contrincantes y el esfuerzo que han de realizar para manejar esas espadas y mazos (las espadas son romas y no están afiladas pero aún así pesan lo suyo), se permite casi todo: llaves, saltos intimidatorios, puñetazos, zancadillas, patadas… Sin embargo, se prohíbe empujar, los golpes en las zonas «vedadas» (tobillos, la parte posterior de la rodilla, ingle, garganta y nuca), así como golpes verticales en la columna, patadas en las rodillas. Si un luchador ha levantado la mano con la palma abierta, se interrumpe cualquier ataque contra él, ya que este gesto es señal de abandono voluntario de la batalla. También vimos como se interrumpía el combate varias veces ya que en ocasiones las luchas eran tan violentas que se rompía el cercado que vallaba la arena, prueba de que los golpes eran muy de verdad.

Combate Medieval Belmonte

Si a un luchador se le rompe el arma, debe abandonar el combate y conseguir un arma secundaria; también se permite que utilice la de algún compañero de equipo. Los participantes son eliminados cuando tienen tres puntos de apoyo tocando el suelo: los pies serían dos y arma, escudo o cualquier otra parte del cuerpo es considerado tercer punto de apoyo. Cuando los luchadores caen, han de permanecer sentados o tendidos en la arena hasta que cesa el combate. De esta manera confirman que no están heridos o necesitan asistencia.

Nos llamó la atención también ver el papel activo de los árbitros (esos personajes que podéis ver en el vídeo vestidos de amarillo). Ellos se encargan no sólo de controlar la legalidad de los goples sino también de la regulación de los cierres inactivos de más de cinco segundos, cuando dos luchadores están enganchados pero no luchan activamente con golpes o patadas). En este caso, el árbitro exclama «¡romper!» y coloca una bandera amarilla pegada a un bastón entre los cascos de los oponentes. Estos se separan y posteriormente se reanuda la lucha. Los árbitros también se encargan de sacar tarjetas amarillas a los luchadores que no cumplan las normas (dos tarjetas amarillas equivalen a una roja, como en el fútbol). Entre dichas normas, un comportamiento antideportivo en el que se insulte o se tenga un comportamiento grosero con oponentes, árbitros o incluso público.

El Castillo de Belmonte

Castillo Belmonte

Aprovechamos la ocasión para conocer el Castillo de Belmonte, dentro de cuyo recinto se celebran los combates y desde el que se obtienen unas bonitas vistas del propio pueblo de Belmonte, al estar situado en lo alto del cerro de San Cristóbal. En mi opinión, uno de los mejores castillos de España: sorprende su excelente estado de conservación datando dicha fortaleza del siglo XV y esa magnífica muralla que el marqués de Villena mandó construir para proteger al castillo y la villa y que aún se mantiene en pie, con cuatro de las cinco puertas originales.

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Durante todo el año el Castillo de Belmonte acoge una intensa agenda de actividades. Este año, por ejemplo, se realizaba una recreación histórica de los tercios militares, la celebración de la Semana Santa con visita teatralizada, exhibiciones de cetrería, maratones populares, Jornadas del Terror y, por supuesto, la Liga del Combate Medieval, que es el momento estrella del año. Además, aquí se han grabado varias películas importantes como «El Cid», «Los señores del acero», «Juana la Loca» y «El caballero Don Quijote».

El recorrido del castillo podemos comenzarlo desde el Patio de Armas, pasando antes por la preciosa puerta de acceso, coronada por la escultura de un paje con los escudos nobiliarios de la familia de Juan Pacheco (primer marqués de Villena). En el patio sorprende al visitante la hilera de galerías de ladrillo rojo que introdujo la emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo, propietaria del castillo en el siglo XIX y de la que hablaremos más adelante. Aún se conservan en el patio un pozo aljibe (inacabado) y una enorme chimenea al aire libre que debía servir para preparar la comida a los soldados y de paso darles calor en las frías noches de invierno.

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Exposición de armaduras y escudos medievales

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En el sótano se ubicaban las mazmorras. Han querido recrear tan bien ese ambiente siniestro en el que malvivían los condenados que la estancia apenas está iluminada por unas luces mortecinas y tuvimos que encender las linternas de los móviles para bajar por las escaleras de piedra.

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Subiendo a la primera planta tenemos el salón del estrado

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Típica indumentaria medieval femenina. Se componía de tres piezas: una de contacto con el cuerpo (camisa), un traje conocido como saya y cubriendo ambas prendas, el pellote.

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En la galería norte se encontraba la despensa, la cocina y las habitaciones de la servidumbre. Detalle de la cocina, que aunque normalmente se encontraba en la planta baja, en este caso se ha recreado en el primer piso. Las vasijas eran de barro y se pueden observar escudillas, pequeños cuencos donde se servían los alimentos.

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Los más afortunados (los nobles) comían tres veces al día; los criados la mayoría de las veces comían sólo una vez, una escueta ración de pan y queso (aunque podían pasar de la carencia a los atracones cuando tras los grandes festines la familia de la casa les cedía la comida sobrante). En aquella época no existían los platos sino los «trincheros», tablas de estaño circulares, y los únicos cubiertos eran cucharones que se compartían y cuchillos que servían para todo, tanto para pinchar como para cortar o pelar.

Vistas de Belmonte desde lo alto del castillo

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Aquí podemos ver las dependencias privadas de Eugenia de Montijo, esa emperatriz rebelde que se negaba a casarse si no era por amor. La granadina emigró a Francia con su madre y su hermana Paca, quien acabaría casándose con el duque de Alba, de quien Eugenia se había enamorado hasta los huesos y hasta intentó suicidarse envenenándose. Con el tiempo, se convertiría en la esposa de Napoleón III y, por tanto, en emperatriz de Francia. Una emperatriz que ejercía, no un mero títere, ya que fue regente del país las tres veces que su marido fue a la guerra. Una de sus residencias favoritas era el Castillo de Belmonte: gastó más de millón y medio de reales de la época en restaurarlo.

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El tocador era uno de los rincones favoritos de Eugenia, quien era una apasionada de la moda, hasta el punto de tener como modisto a Charles Federick Worth, quien confeccionaba los elegantes vestidos de otra emperatriz bastante famosa, la austriaca Sissi. Eugenia de Montijo gustaba de utilizar diferentes vestidos para cada ocasión (las cenas de gala, a las que era muy aficionada, la indumentaria de día, de noche, los trajes para las recepciones….). Su guardarropa era la envidia de las damas europeas de clase alta.

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Para acabar la visita, tenemos el Trebuchet Park, considerado el mayor parque de máquinas de asedio a escala real del mundo. Son cuarenta máquinas que han sido construidas para estar perfectamente operativas y con el mayor rigor histórico. Divididas en cuatro ámbitos temáticos diferenciados: mundo cristiano, mundo musulmán, mundo oriental y Renacimiento. Entre ellas podemos encontrar trabucos de contrapeso, vineas, cometas incendiarias, una grúa de Berwick, una tortuga de proa o escalas compuestas.

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